Una línea inquieta

Un trazo, un personaje y una mano que dibuja transformando el mundo. Creada por el italiano Osvaldo Cavandoli, La Línea atravesó fronteras y generaciones con una fórmula mínima que convirtió la simplicidad en una forma de narrar.

El mundo en un solo trazo

Hay dibujos animados que necesitan ciudades enteras, ejércitos de personajes y largas aventuras para contar una historia…Y después está La Línea. Un trazo continuo, un pequeño hombre y una voz que protesta en un idioma indescifrable fueron suficientes para que el dibujante Osvaldo Cavandoli (1920-2007),  creara uno de los personajes más reconocibles de la animación italiana.

Osvaldo Cavandoli junto a La Línea, el personaje que creó y convirtió en un ícono de la animación.

La idea comenzó a tomar forma en 1969, cuando Cavandoli, apodado Cava, creó al personaje para los comerciales de Lagostina emitidos en Carosello, el célebre espacio publicitario de la RAI. Allí apareció inicialmente como Agostino Lagostina y fue interpretado vocalmente por Carlo Bonomi. Los cortos publicitarios duraban alrededor de dos minutos y medio y presentaban ya algunos de los rasgos que luego definirían a La Línea: el personaje dibujado sobre un trazo horizontal y su relación conflictiva con quien lo había creado.

Osvaldo Cavandoli en su laboratorio, donde creó las animaciones para su dibujo animado La Línea.

Después de trabajar como diseñador técnico en Alfa Romeo, el artista milanés encontró en aquella figura mínima una identidad gráfica inconfundible. Lo que había comenzado como un recurso publicitario pronto trascendió ese origen y llevó a su obra a las pantallas de más de cincuenta países.

Un personaje frente a su creador

Luego de aquella primera etapa publicitaria, Cavandoli desarrolló al personaje como serie animada. La producción televisiva comenzó en 1971 y se extendió hasta 1986, con 90 episodios de entre dos y seis minutos. La idea era tan simple como radical: el personaje era la propia línea.

Su cuerpo surgía de un trazo horizontal que funcionaba como la única materialidad que creaba ese universo. Sobre un fondo de colores planos que cambiaba continuamente de tono, el personaje caminaba hasta encontrarse con un obstáculo, ya sea un desnivel, un agujero, un animal, una escalera o, simplemente, el final del recorrido. Entonces aparecía la protesta. El hombre-línea se dirigía hacia su creador y reclamaba una solución.

Osvaldo Cavandoli, apodado CAVA, en acción.

La mano del dibujante intervenía desde fuera de la imagen, para completar el paisaje, prolongar el camino o modificar aquello que impedía avanzar. Entonces, La Línea revela su propio proceso de creación: el autor aparece en escena y transforma el mundo del personaje, en un juego de metalenguaje que hace visible el acto de dibujar, evidenciando su propia condición de dibujo animado. De esta forma aparece una de las ideas más destacadas de Cavandoli: La Línea no solamente vive dentro de un dibujo, sino que sabe que alguien la está dibujando y le reclama a su creador.

Ese mecanismo convierte cada episodio en una pequeña escena de conflicto entre personaje y creador. No hace falta una trama compleja. El protagonista camina, algo sucede, reacciona y busca una salida. En pocos minutos, la animación construye una historia completa.

Grammelot: un idioma universal

El personaje se comunicaba mediante una especie de grammelot, un lenguaje construido a partir de sonidos onomatopéyicos, ritmos y entonaciones que evocaban la musicalidad del dialecto milanés, pero que no necesitaban doblaje. La técnica tiene sus antecedentes en los juglares de la Comedia del Arte del siglo XVI, las compañías itinerantes recorrían distintos territorios donde se hablaban diversos idiomas y dialectos, entonces recurrían a recursos vocales y gestuales capaces de ser comprendidos por variados públicos, además de evitar una posible censura. Siglos más tarde, Dario Fo retomaría y desarrollaría el grammelot como recurso teatral.

En La Línea la voz del personaje era interpretada por el actor italiano Carlo Bonomi (1937-2022). Emociones como indignación, miedo, sorpresa o alegría podían reconocerse en el tono y la cadencia, incluso sin comprender una sola palabra. El lenguaje, entonces, no funcionaba como una barrera, sino como parte de la comicidad y de la expresividad del personaje. Esa combinación permitió que una creación italiana circulara internacionalmente.

Carlo Bonomi – La voz en grammelot del cartoon La línea.

Una pequeña historia en la pantalla

La brevedad fue una de las claves del formato de La Línea. Sus cortos podían aparecer dentro de la programación televisiva o funcionar como pequeños separadores entre programas. Entre las décadas de 1970 y 1990, la serie se distribuyó en más de cincuenta países y encontró en el dispositivo televisivo una pantalla ideal para su narrativa mínima. En pocos minutos, las decisiones del personaje, la animación de pocos recursos y la voz concentraban toda la atención. También en Argentina, La Línea quedó ligada a la memoria televisiva de varias generaciones. Aquí, el personaje fue conocido como Abelardo y su presencia en señales como ATC y Canal 13 lo convirtió en una figura reconocible para quienes fueron niños durante aquellas décadas, cuando la televisión constituía uno de los principales espacios de encuentro entre la animación y el público masivo.

Del dibujo animado al videoclip musical

Años más tarde, la estética de Cavandoli volvió a aparecer en el videoclip de (Don’t) Give Hate a Chance de Jamiroquai, estrenado en 2005. El video recupera la línea como elemento gráfico y narrativo para construir un universo atravesado por el movimiento, el humor y la crítica social. La referencia muestra cómo el lenguaje visual de La Línea logró trascender su contexto original y seguir encontrando nuevas formas de circulación en la cultura popular.

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