Francesca Capelli es italiana, de Bologna, y vive en Argentina desde el año 2012. Es periodista, traductora y escritora infanto-juvenil. No se siente ni “expat”, ni nómade digital. “Yo soy inmigrante”, se define con convicción, “porque siento la pelea entre mis diferentes y multifacéticas identidades”. Podríamos decir que ella es ítalo-argentina por decisión, no por sangre. En pocas palabras, Francesca es una italiana que – como tantos otros migrantes provenientes del bel paese – decide vivir en nuestro país y visitar periódicamente la madre patria. En esta entrevista, los invitamos a conocer su experiencia.
Argentina, amor a primera vista
Francesca Capelli es de Bolonia. “No tengo el problema del desarraigo, me mudé mucho de ciudades estando en Italia”, explica. Por estudios y trabajo, antes de llegar a Buenos Aires, vivió en Milán y Florencia. El matcheo con Argentina sucedió en 2012 cuando viajó como turista a nuestro país y se enamoró instantáneamente de la ciudad de Buenos Aires, su cultura y su gente. Del mismo modo que una relación a distancia, comenzó a frecuentar Argentina con mayor periodicidad. Hasta que finalmente, tomó la gran decisión: mudarse de forma definitiva. Ahora, de manera inversa, visita Italia, a sus amigos y a la familia frecuentemente. Francesca trabaja como docente en la Universidad del Salvador (USAL) en la carrera de Traductorado de Italiano. Su profesión principal es el periodismo. Por lo tanto, en la actualidad, también es corresponsal en Argentina para Il Globo Latam.
¿Cuáles crees que son las similitudes entre la cultura italiana y la argentina?
“En primer lugar, debemos aclarar que no hay una sola cultura italiana del mismo modo que no hay una sola cultura argentina. Dentro de Italia, por ejemplo, hay diversas costumbres entre el norte y el sur”, aclara. De todos modos, sin pensarlo dos veces Francesca encuentra rápidamente la respuesta. “La vida en la calle y en las plazas, sobre todo. La importancia de la familia, la comida, reunirse para comer, el gusto por el café, la cantidad de bares para juntarse. La cocina es muy parecida también. Además tenemos en común, el gusto por la fabulación, por contar anécdotas. Y añade: “algo que siempre me llama la atención es que uno está en un bar y puede ponerse a charlar con la persona de la mesa de al lado sin problemas. Así se forman amistades. Esto es algo que tenemos mucho en común con Italia”.
¿Y qué diferencias encontrás?
“Buenos Aires es una ciudad que te recibe mucho y que está abierta. En Argentina, al formarse con la inmigración, a nadie le parece raro que haya extranjeros, que haya gente que viene de cualquier lugar del mundo”. Por otro lado, Francesca define a Italia como un país “provincial”. Y agrega una anécdota: “Me acuerdo que, cuando estaba preparando la mudanza y les contaba a amigos que me mudaba a Argentina, me miraban todos con una cara rara, entre la incredulidad y la sorpresa”. Lo mismo le sucedió al mudarse dentro de Italia en ciudades relativamente cercanas, entre Bolonia y Milán por ejemplo.

Preguntas relacionadas con la comida o el lavado de la ropa eran frecuentes entre familiares y amigos. “A los italianos les cuesta pensar que se puede armar una vida en otro lugar”. Otra diferencia que encuentra Francesca está relacionada al reciclaje. “Buenos Aires es una ciudad latina. A veces sufro la recolección de residuos que no es como en Italia. Cuando vuelvo a Europa, tengo que reeducarme y familiarizarme de nuevo en la separación de residuos”.
Una identidad unida entre Italia y Argentina
Aun cuando Francesca Capelli viva en Argentina, siente el dolor de la partida cada vez que viaja o vuelve de Italia. “Cuando voy de visita, soy muy feliz, muy mimada. Siempre estoy de gira, visitando a amigos y parientes. Pero cuando es el tiempo de volver a Argentina, unas semanas antes, ya empiezo a sentir la angustia, el ‘bajón’, como se dice acá. Pienso cuándo podré volver a verlos o si cuando regrese, estarán todos. La frase ‘habría podido hacer X cosa’ me acompaña en cada partida. Los abrazo y lloro, acción que no es usual en mí”.
“Unos días antes y unos días después de viajar, estoy movilizada, siento el dolor del desarraigo pero no es algo tan traumático. Sin embargo, cuando piso Ezeiza, ya me siento en casa, cambio el chip”. Al hablar de su identidad, Francesca defiende su calidad de inmigrante. “No me siento ‘expat’, nómade digital, ni parte de las ahora llamadas ‘nuevas oleadas’. No me gusta el término ‘expat’ porque presupone una mirada anglosajona y un poco colonialista. Yo soy inmigrante, siento la pelea entre mis diferentes y multifacéticas identidades”.
¿Qué les dirías a los ítalo-argentinos?
“Les aconsejaría que valoren lo que son, la doble pertenencia y la doble sangre. Qué pongan énfasis en lo que enriquece y no, en las diferencias. A veces uno siente que no pertenece ni a un lugar ni al otro. A menudo me pasa a mi también, cuando voy a Italia y cuando vuelvo a Argentina. Pero no tengo un solo lugar. Tengo dos identidades, dos posibilidades de ser, dos oportunidades”.

